Estamos aquí, vivimos, porque
somos, en parte al menos, como la realidad funciona autónoma y no
solo como tropiezo siendo un triste duplicado natural e imperfecto.
La carga moral, la culpa en cada uno, sé que pesa mucho más que ese instinto sin valor genuino extraño. Por eso nos disociamos y autoengañamos,
tratando de evitarlo. La continuidad de mi mismo, en un sentido
estricto y no mítico, a mi mente le importa bien poco. Que su pose tenga que ser terrenal y no descubrirla como fruto
de una injustificada ambición y un autorepudio cobarde, no consigue mejorar las cosas. Ciertamente, a mi conciencia le atañe la
verdad óptima y su mirada propia. ¡Qué y si sé que mi inconsciente sabe que dios y la coacción son solo un invento supersticioso,
irreal y cohesionador basado en pillar cacho! Sin embargo todas las
verdades individuales siguen siendo poderosas en nuestras cabezas.
Por eso vaticinamos y estamos abocados a la acción aunque solo sea
interior. Muchos somos cooperativos, pero dar la espalda a
determinados credos comunes no es ninguna obra menor de volátiles y
gente no demasiado apegada al medio ni a la viabilidad bacteriana.
Poseo la convicción de que la conquista definitiva del individuo como ser social
será la de su crítica más que aceptarse como teleología fáctica. Acertar a ver en uno, porque está en uno,
que los otros, incluso él mismo, son a veces parte de un objeto
mágico, identitario, con vocación totalitaria, una excusa de renuncia para no vivir o morir nunca. Permaneciendo falaz o escaqueándose a partes iguales, según los casos. Será el Fin de
la Historia pero no de nuestra Biología.