Paseaba por las anchas aceras residenciales, viendo irreales personas con acondroplasia. Todo el barrio parecía un escenario onírico. Llevaba días como soñando despierto, por lo que no me alteré cuando el cielo se iluminó bajo un sol resplandeciente de mediodía con unas espectaculares luces boreales, mientras acompañaba a mi madre en sus compras (ajena por completo a mi estado), entre los dispersos puestos del mercadillo. Aunque desde luego me pareció algo casi mágico y no identificaba me estaba volviendo loco, en aquel momento no me sentía investido de ninguna misión o algún poder estrambótico, mis pseudopercepciones solo sucedían y no terminaba de atribuirlas a ninguna transformación especial. Sin embargo, a lo largo de una semana más, la calle, mi casa, mi cama se fueron llenando de otras ilusiones y haciéndose cada vez más caleidoscópicas y extrañas.
Tras varios días sin apenas haber conciliado el sueño, y tratando de deshacerme de mi cada vez más palmaria desorientación, a primera hora me entrego a limpiar y ordenar meticulosamente la habitación. Confuso barruntaba sobre si la futilidad de la vida era real. Con el mismo ánimo de aclararme, me dispuse a garabatear en un papel lo que se me pasaba por la cabeza. Después sé que me dirigí a la cocina y que todavía me quedé allí de pie meditando, sin desayunar.
Repentinamente, sentí que algo sucedía y cobraba sentido. Impelido por la idea de ser parte de un juego de rol o de una sesión de ouija, salí al patio privado de nuestro edificio. Me puse a deambular por la calle, confirmando que todo aquello estaba “muerto”, que yo y el mundo de algún modo habíamos muerto. Un insondable sinsentido en el que mi primo y yo habíamos sido colocados pero con una valiosa pieza simbólica. Un poder que había sido transferido por medio de nuestra abuela una vez que ella fue consciente de la existencia de ese escenario ficticio. Y con el que inmunes movernos por el mortecino tablero que se proyectaba sobre las aceras. Nada por otra parte estaba concluso, salvo que debíamos encontrar la salida al laberinto en que se había convertido la ciudad.
Supongo hice unas llamadas y di cuenta a mi familia de aquella inconexa y absurda revelación. Me llevaron a urgencias. En el trayecto en coche avanzábamos a través de las calles sombrías tratando de encontrar ese término de todo. Aunque no había tanta gente en la sala de espera, estuvimos un largo rato en las inmediaciones del hospital tratando de quitarle importancia a la situación. Estaba ofuscado pero receptivo. Cuando la psiquiatra de guardia me entrevistó, esas vivencias se agolpan precipitadas en la memoria y parecen espolear bajo los cascotes mi frágil cordura. Las reconozco devoradoras aunque parte de mí. Siento [que] bruscamente mi cuerpo se aleja. Antes de ingresar en planta la psiquiatra me presenta a una auxiliar que me pregunta cómo me encuentro. Solo acierto a decir bien... bien jodido.
En el control de enfermería me ofrecen un bocadillo, escucho un aparente coro infantil y me imagino formar parte de un internado donde se trata a niños problemáticos y “creadores”. Traen la medicación en diminutos vasos de plástico, no hago nada malo así que pido leer el prospecto de esos fármacos usados en principio para controlar el comportamiento. Me dicen hablarán mañana con el médico. Aunque no les creo, presionado doy cuenta del vasito. La habitación es la típica de cualquier manicomio, con su puerta blanca de 15 cm de espesor provista de mirilla. A derecha e izquierda, diviso otras dos puertas de las que cuelgan extraños carteles (me entero al día siguiente son aseos y los rótulos pintados a mano indican si están libres u ocupados). Me quedo sentado en la cama, obcecado en que la puerta que se cierra sola quede permanentemente entreabierta. El ajetreo es constante. Más o menos, dos horas más tarde nos dan la cena. Antes de dormir, me conminan a rondar por la planta y no aislarme. Pesadamente, me desplazo por el pasillo. Una paciente risueña me interpela reclinada desde un desgastado asiento rectangular de skay negro que parece sacado del recibidor de un taller de coches. La oigo hablar con la voz de un chico en un tono muy pedante. Aterrado, me siento por primera vez brutalmente enfermo; sin género de dudas, loco. Por la noche pierdo de nuevo el sentido y deliro, todo aquello forma parte de una angustiosa sesión de psicoanálisis.
Por la mañana mi turbación es indescriptible. Intransferible el horror que siento de saberme loco, abandonado en mi mente aparte de encerrado entre cuatro paredes. Así que después de comer entro en la habitación, compruebo no se puede abrir la ventana más que un poco porque está blindada mediante una cadena, cojo una silla que me servirá de apoyo y sin más tribulaciones a la carrera me arrojo al vacío atravesando el amplio ventanal.
Era mi primer episodio psicótico, nadie me explicó nada y tan joven desconocía todo sobre la pérdida de la razón.
Una experiencia devoradora que monopolizará desde entonces mi conciencia en un intento no sé si vano de comprender a pesar de mi seguramente necia medianía su singularidad.
Friday, 11 October 2019
Tuesday, 8 October 2019
Sin solución de continuidad (II)
Fue la última vez que me sentí absolutamente cuerdo. Lo percibo bien. Era un cenit. Después de tanto tiempo aún acuden a mí límpidos recuerdos, fruto de una estructura mental en su momento sin deformar, de los utilísimos consejos impartidos en las clases para aprobar el carnet de conducir. Teníamos un excelente instructor que era aparte el padre de un excompañero del instituto. De naturaleza autosuficiente pero benigna en aquella autoescuela creo me sentía como en casa, exhibía sin complejo el peculiar tinte excéntrico y espontáneo me caracterizaba y que supongo solo pretendía una relación solícita con las personas que no eran del todo mi verdadera familia.
Durante las explicaciones me encendía desplegando vehemente indignación al socaire de extravagantes aspavientos que daban cuenta de cualquier contradicción del código de circulación. Si llegaba a ser extemporáneo prestaba escrupulosa atención a las precisiones teóricas de nuestro ideal profesor. [Para la mayoría] pese a estar henchido de [rara] vanidad, era buena gente y caía simpático [sino habría sido ya algo más timorato entonces].
Escucha a las chicas y tiene algo, decían además las novias de mis primeros verdaderos amigos. Chicas que en la facultad, tenía 21 años, se dejaban seducir por bobas y extrañas cartas. Fuera como fuera, la vida prometía un plácido y soleado porvenir. Ni manía o depresión, mucho menos un futuro de paranoia y alucinación.
Durante las explicaciones me encendía desplegando vehemente indignación al socaire de extravagantes aspavientos que daban cuenta de cualquier contradicción del código de circulación. Si llegaba a ser extemporáneo prestaba escrupulosa atención a las precisiones teóricas de nuestro ideal profesor. [Para la mayoría] pese a estar henchido de [rara] vanidad, era buena gente y caía simpático [sino habría sido ya algo más timorato entonces].
Escucha a las chicas y tiene algo, decían además las novias de mis primeros verdaderos amigos. Chicas que en la facultad, tenía 21 años, se dejaban seducir por bobas y extrañas cartas. Fuera como fuera, la vida prometía un plácido y soleado porvenir. Ni manía o depresión, mucho menos un futuro de paranoia y alucinación.
Thursday, 3 October 2019
Sin solución de continuidad (I)
La intención de esta serie de textos y reflexiones no es exactamente narrar la verdad de mi locura y la personalidad que la contenía. Soy pésimo para el relato, sea este una puerta abierta a la racionalidad o no. No se me da bien contar historias. Así que me conformaré con autoplagiar el pasado a mi dictado sin dejar ya nada suficientemente importante que decir, y tratando de mostrarlo, si es posible, con un favorable toque de amenidad e instrucción.
A fin de cuentas, y a pesar de mi deterioro intelectual, la vida siempre es un tangible y tiene su historia. Una historia que si es real, aparte de contar hechos, unos hechos, debería ser algo aleccionadora y grata de aprehender. Sé que este punto de vista formal puede resultar provocador, a lo mejor vacuo y moralizante, pero toda información dada posee su propio e imprescindible hilo y un tono subjetivo con el que se evita caer en la fragmentación. Creo es preferible aceptarlo y elegirlo desde un principio conscientemente.
Aunque no me quiero extender sobre ello, es evidente, por ejemplo, los periódicos nos cuentan las noticias, las noticias no son solo hechos, sino seleccionadas y juzgadas como poco en presunto estilo neutral como “accidentes”. Una forma desgarrada aunque como cualquier otra de dar cohesión a lo que se nos transmite. Personalmente, me gustaría esa información fuese siempre tan precisa y objetiva como ilustrativa. Además, es mi caso concreto, sin asearse en demasiadas pretensiones estilísticas. Y eso es mucho más que no querer cuestionarse dejándola en el aire para que al final nunca hable por sí misma... [o que no aceptar la intimidad acotada ha dejado de ser expresable]
De todos modos, la motivación última de escribir esta agrupación de posts ha sido la necesidad de poner orden en mi rota memoria para reducir mejor la comprensión de mi enfermedad mental grave. Enfermedad que sacudió y supongo aún distorsiona mi identidad hasta extremos difícilmente reconocibles. Un trastorno mental grave que sin duda puede derrotarte en un momento dado, pero que con la compasión suficiente y la consciencia adecuada afuera y adentro, creo no debería impedir el autocuidado o la capacidad de reconstruirte.
Sea como sea, social e individualmente, mi libertad, curiosidad y dignidad irán de la mano sin préstamos excesivos. Como siempre lo hicieron. Lo cual no deja de ser una virtud o un imperdonable error.
A fin de cuentas, y a pesar de mi deterioro intelectual, la vida siempre es un tangible y tiene su historia. Una historia que si es real, aparte de contar hechos, unos hechos, debería ser algo aleccionadora y grata de aprehender. Sé que este punto de vista formal puede resultar provocador, a lo mejor vacuo y moralizante, pero toda información dada posee su propio e imprescindible hilo y un tono subjetivo con el que se evita caer en la fragmentación. Creo es preferible aceptarlo y elegirlo desde un principio conscientemente.
Aunque no me quiero extender sobre ello, es evidente, por ejemplo, los periódicos nos cuentan las noticias, las noticias no son solo hechos, sino seleccionadas y juzgadas como poco en presunto estilo neutral como “accidentes”. Una forma desgarrada aunque como cualquier otra de dar cohesión a lo que se nos transmite. Personalmente, me gustaría esa información fuese siempre tan precisa y objetiva como ilustrativa. Además, es mi caso concreto, sin asearse en demasiadas pretensiones estilísticas. Y eso es mucho más que no querer cuestionarse dejándola en el aire para que al final nunca hable por sí misma... [o que no aceptar la intimidad acotada ha dejado de ser expresable]
De todos modos, la motivación última de escribir esta agrupación de posts ha sido la necesidad de poner orden en mi rota memoria para reducir mejor la comprensión de mi enfermedad mental grave. Enfermedad que sacudió y supongo aún distorsiona mi identidad hasta extremos difícilmente reconocibles. Un trastorno mental grave que sin duda puede derrotarte en un momento dado, pero que con la compasión suficiente y la consciencia adecuada afuera y adentro, creo no debería impedir el autocuidado o la capacidad de reconstruirte.
Sea como sea, social e individualmente, mi libertad, curiosidad y dignidad irán de la mano sin préstamos excesivos. Como siempre lo hicieron. Lo cual no deja de ser una virtud o un imperdonable error.
Saturday, 10 August 2019
Una necesaria conciencia feminista
Aunque resultase definitivamente cierto que el interesado deseo de una mujer hacia su pareja no tiene siempre un trasfondo de ternura, no quita me rechinen ciertos análisis, conclusiones y enfoques con pátina de científicos sobre qué es y qué motiva la violencia de pareja. Habitualmente es más fácil ser buena persona que no arriesgarse a cometer una equivocación conceptual, pero en este tema cada vez veo más claro que además de aceptar el ninguneo y cosificación de la mujer, machismo es pasar por hostil casi cualquier defensa y respuesta de legítima autoafirmación por parte de ellas. Solo el dato de que prácticamente el 90% de los asesinatos en el seno de la convivencia de pareja sean de mujeres a manos de hombres es un ponderable que refleja este sentido de la masculinidad escalofriante.
Aun a riesgo de ser calificado por unos de moralista alienado, si no me cabe duda de que los sentimientos nacionalistas más perversos se enseñan pero también se llevan codificados en los genes de cada uno de nosotros, con el machismo el planteamiento sería el mismo: los hombres nacen y se les educa así, sexistas. Ya era hora nos obligásemos a identificar esto y modificarlo.
Aun a riesgo de ser calificado por unos de moralista alienado, si no me cabe duda de que los sentimientos nacionalistas más perversos se enseñan pero también se llevan codificados en los genes de cada uno de nosotros, con el machismo el planteamiento sería el mismo: los hombres nacen y se les educa así, sexistas. Ya era hora nos obligásemos a identificar esto y modificarlo.
Monday, 1 July 2019
Libertad, curiosidad y dignidad
El ser humano es una máquina biológica fascinante y no hay cerebro barato. Me basta con sentir sabernos subjetivos. Individualidades irrepetibles desde esta perspectiva, todo está en todo. El infierno no deberían ser los otros. Ese escamoteo a la democracia liberal y la adscripción a cualquier pasado nacional y/o socialista. Los derechos de las comunidades asimilables a los de los individuos. Frente a la sobrecogedora belleza de las matemáticas y sus aplicaciones, leer la historia de los pueblos es descorazonador. La crónica de una cohesión que justifica un conflicto perpetuo de unos contra otros. Aunque me considere intelectualmente escéptico, no me inquietan si las leyes son de Dios. El problema no está en las ideas y sus posibles espejismos, sino en la falta de tolerancia a la libertad ajena. Sin la menor necesidad de dejarse pisar por nadie y evitar el conflicto porque sí, el talón de Aquiles de la condición humana se encuentra en descuidar el respeto por el distinto. Ninguna comunidad moderna puede definirse como sana si no ha interiorizado un concepto de la libertad flexible y respetuosa con el diferente.
No veo tan claro que el mundo social necesite de un aliciente, incentivos, en eso soy muy anarquista, pero en una noción exclusiva de Occidente nos dinamiza solo la aspereza de la vida, el egoísmo y los resentimientos. Sentirse concernido por uno más que sentirse concernido por los otros. Y no tendría porque ser así. Estar herido de orgullo. Edificar la identidad en base a un lamento oculto. Construirse es un significado mucho más profundo que no negar y aceptarse, es considerar además que los otros tengan sus propias elecciones altruistas. Por eso, más allá de la magia de la tecnología, son a veces tan narcóticos el dinero y las mercancías: permiten simplificar embebidos o maliciosos nuestros intrínsecos egos. Si se puede llegar a estar enfermo interiormente de vaguedad o de maldad, jamás de bondad (y defenderse del medio incluso con cortesía).
Dicho esto, aislarse hasta cierto punto del resto y fantasear y verse eventualmente “alguien” es una opción personal aunque sea ilusoria. Por más que destacar y distinguirse como forma de vida no deje de ser un vicio privado, entra dentro de las decisiones de cada cual. Y la libertad del mercado, de un mercado corregido, es la canalización pacífica de este egocéntrico afán de prosperidad y un sofisticado mecanismo de asignación de recursos (escasos) probablemente no sustituible, el sistema productivo básico que bien supervisado coordina de la forma más eficiente la actividad e información económica en sociedades necesariamente diversas y complejas. En realidad, todos somos uno siendo varios. Y para descubrirlo libertad, curiosidad y dignidad creo deberían ir de la mano.
Editado_Octubre 2019
No veo tan claro que el mundo social necesite de un aliciente, incentivos, en eso soy muy anarquista, pero en una noción exclusiva de Occidente nos dinamiza solo la aspereza de la vida, el egoísmo y los resentimientos. Sentirse concernido por uno más que sentirse concernido por los otros. Y no tendría porque ser así. Estar herido de orgullo. Edificar la identidad en base a un lamento oculto. Construirse es un significado mucho más profundo que no negar y aceptarse, es considerar además que los otros tengan sus propias elecciones altruistas. Por eso, más allá de la magia de la tecnología, son a veces tan narcóticos el dinero y las mercancías: permiten simplificar embebidos o maliciosos nuestros intrínsecos egos. Si se puede llegar a estar enfermo interiormente de vaguedad o de maldad, jamás de bondad (y defenderse del medio incluso con cortesía).
Dicho esto, aislarse hasta cierto punto del resto y fantasear y verse eventualmente “alguien” es una opción personal aunque sea ilusoria. Por más que destacar y distinguirse como forma de vida no deje de ser un vicio privado, entra dentro de las decisiones de cada cual. Y la libertad del mercado, de un mercado corregido, es la canalización pacífica de este egocéntrico afán de prosperidad y un sofisticado mecanismo de asignación de recursos (escasos) probablemente no sustituible, el sistema productivo básico que bien supervisado coordina de la forma más eficiente la actividad e información económica en sociedades necesariamente diversas y complejas. En realidad, todos somos uno siendo varios. Y para descubrirlo libertad, curiosidad y dignidad creo deberían ir de la mano.
Editado_Octubre 2019
Tuesday, 7 May 2019
Diálogo político e introspección
El destino sobre todo es un lugar entre el pasado y el futuro. Un destino que debería ser autónomo, auténtico y pacífico. Estando [en principio] a favor que se formalizase por ley una mínima redistribución estatal [una tasa progresiva] sobre el acaparamiento sin medida de riquezas capitalistas (pacto social, está bien señalarlo, que nuestra constitución ya recoge), de desmedidas concentraciones de bienes que al parecer acaban hasta por enseñorearse frente a las rentas generales del trabajo (convirtiendo en un punto fijo la desigualdad en incluso el que se esfuerza con denuedo en prosperar), ciertamente cualquier bienintencionada y no autolimitada tutela, el pretexto de sobreprotección al ciudadano, desemboca (no solo el mercado envilecido) en institucionalismo feroz: totalitarismo que cierne sus tentáculos sobre el expropiado individualismo.
Porque a fin de cuentas, equilibrio y término de todo es el sujeto psicológico. El sujeto que se recibe o apoya desde fuera, pero con neta capacidad de sentir y decidir desde dentro. Lo existente es desde luego un hecho íntimo. Por supuesto, nada más reconfortante que la compañía recíproca; o despedirse en el irremisible adiós con el afecto pleno de tus (propios) seres apreciados, deseados y queridos. Reconocible, en concordia y realizado. Es factible. La vida es más amable y propicia no exactamente en comunidad, sino en sociedad. Mediante un destino libre en semejanza. O en semejanza pero libre.
Creo que entender nuestra naturaleza subjetiva así, en cierto modo gestionada, individual y común, tiene más recorrido real que cualquier otro relato sociológico e ideología. Aparte universal y fluida, porosa y compartida, una consistencia formada a partir de uno y sus nexos interiores.
Seguir censurando, por tanto, el materialismo social más fundamentalista, mesianismo colectivo, irresponsable desafección hacia el considerado más individualista pero independiente, racionalismo intelectual que resulta en adalides de criterios morales gregarios y supuestamente benéficos tan intolerantes que se arrogan el derecho de ser los exclusivos dueños del imprescindible flujo (libre) de la conciencia (siempre líquida y personal).
¿Todo esto mío, ya puestos, no será más que el reflejo de un sobrevenido dogmatismo progre y enajenado, la demostración retrospectiva de un juicio inconsciente y hostil producto de una atomización psíquica que no acaba nunca de remitir? Pienso que no, ya que mi experiencia de recuperación alberga también la convicción conciliadora de que un hombre satisfecho y libre, consciente de sí, se auxilia y respeta a sí mismo, al medio y al otro al margen de cualesquiera clichés sociales. Aun sin conciencia de clase, ni tan pijo y solitario como para no dar cuenta de otra dignidad, más confiada y desacralizada, que acierto mejor a discernir.
Porque a fin de cuentas, equilibrio y término de todo es el sujeto psicológico. El sujeto que se recibe o apoya desde fuera, pero con neta capacidad de sentir y decidir desde dentro. Lo existente es desde luego un hecho íntimo. Por supuesto, nada más reconfortante que la compañía recíproca; o despedirse en el irremisible adiós con el afecto pleno de tus (propios) seres apreciados, deseados y queridos. Reconocible, en concordia y realizado. Es factible. La vida es más amable y propicia no exactamente en comunidad, sino en sociedad. Mediante un destino libre en semejanza. O en semejanza pero libre.
Creo que entender nuestra naturaleza subjetiva así, en cierto modo gestionada, individual y común, tiene más recorrido real que cualquier otro relato sociológico e ideología. Aparte universal y fluida, porosa y compartida, una consistencia formada a partir de uno y sus nexos interiores.
Seguir censurando, por tanto, el materialismo social más fundamentalista, mesianismo colectivo, irresponsable desafección hacia el considerado más individualista pero independiente, racionalismo intelectual que resulta en adalides de criterios morales gregarios y supuestamente benéficos tan intolerantes que se arrogan el derecho de ser los exclusivos dueños del imprescindible flujo (libre) de la conciencia (siempre líquida y personal).
¿Todo esto mío, ya puestos, no será más que el reflejo de un sobrevenido dogmatismo progre y enajenado, la demostración retrospectiva de un juicio inconsciente y hostil producto de una atomización psíquica que no acaba nunca de remitir? Pienso que no, ya que mi experiencia de recuperación alberga también la convicción conciliadora de que un hombre satisfecho y libre, consciente de sí, se auxilia y respeta a sí mismo, al medio y al otro al margen de cualesquiera clichés sociales. Aun sin conciencia de clase, ni tan pijo y solitario como para no dar cuenta de otra dignidad, más confiada y desacralizada, que acierto mejor a discernir.
Tuesday, 1 January 2019
No sentir la medicación
Hace tiempo que decidí, consensuándolo con mi médico, prescindir de eutimizantes estrictos y del uso crónico de ansiolíticos. Prefiero regularme utilizando más antipsicótico. Un antipsicótico te quita cosas (podría decir que no) pero entre sus perjuicios no está desgastar el ya debilitado intelecto (templan, si acaso, la emoción) y mucho menos inducir "emborracharte" (como sí me ocurre con las benzodiacepinas). Es que aparte de sostenerme mejor como fundamental bondad, valoro mucho el hecho de procurarte un más grato y suave acoplamiento (integración) en la identidad. Enriqueciendo (al menos subjetivamente) mi personalidad más o menos disociada (estructuralmente). Llenan. Puedo dar fe de ello. Lo percibo sobre todo cuando la dosis es adecuada (no en exceso alta). La verdad, lo he dicho muchas veces, conozco poca gente que le entumezcan interiormente y lo expresen así. Pueden analizarse por fuera más "parados", menos frescos, más apáticos a veces. Son anhelos. Por dentro, no se notan tanto. Y con el tiempo acabas siempre por reconocerte más organizado, genuino o estable. El rechazo, si surge, aparece al principio. Por contraste. Como cuando bruscamente te zambulles para nadar en el mar frío (pudiendo hasta perecer luego por hipotermia sin enterarte). Al mes, por ejemplo, el acomodo es brutal. Sonará desmitificador, pero la sensación interna de una intoxicación paulatina con antipsicóticos no es de opresión. Son como una camisa vaporosa que te cubre la mente. Que únicamente sientes al vestirte o desnudarte. Y no cuando paseas tranquilamente por la calle. Una leve inercia, si te fijas o vas demasiado abrigado entonces asfixia. Ni siquiera tienen porque verte almidonado si te respetan la ficha técnica. Y eso es todo, supongo. Feliz Año.
Revisado 27 Enero 2019
Revisado 27 Enero 2019
Saturday, 22 December 2018
Guasa o no
Quiero pensar que el humor nunca es ofensivo. Que en su motivación no prima más que una elipsis honesta sobre la gravedad de la realidad, forzando el chistoso simplemente un abstracto y empático "contraste de emociones". Pero sería investir al gracioso habitual de un talante blanco, sutil e incluso intelectual. El humor social real suele ser un plato más o menos ingenioso de sal muy gruesa y espuria. Porque aunque la teoría de la guasa podrá ser un mundo inabarcable pertenece exclusivamente al ámbito de las "amistades peligrosas". Al arte de manipular. De la manipulación de la autoestima ajena pero sobre todo de la propia camuflada. A lo sumo, siendo complaciente, una ingeniería moral inversa.
No soy yo ningún dechado de virtud, pero si se trata de convivir (y no de esgrimir un arma) prefiero cultivar la simpatía sin más, antes que el humor propiamente dicho (un condimento social muchas veces innecesario que tiene siempre algo de mezquino). Bueno, es mi opinión. Reconozco últimamente mi piel también está muy fina. Y cierto grado de locura y chispa es imprescindible.
No soy yo ningún dechado de virtud, pero si se trata de convivir (y no de esgrimir un arma) prefiero cultivar la simpatía sin más, antes que el humor propiamente dicho (un condimento social muchas veces innecesario que tiene siempre algo de mezquino). Bueno, es mi opinión. Reconozco últimamente mi piel también está muy fina. Y cierto grado de locura y chispa es imprescindible.
Saturday, 15 December 2018
Ful
A ver... Uno comenta a veces parcialmente "escotomizado" y puede dar la impresión de no tener filtro en su escepticismo. Las palabras enardecidas de la condición humana me impresionan mucho. Más que la frialdad del psicópata [sin delito] o la candidez del solitario. Se me ha ido la olla (y así en general).
Sunday, 23 September 2018
Vida sana
Respecto al tabú lógicamente mal planteado de "verdad". Dual. La individual frente a la social. ¿Cómo se reconstruye el puzle? La acción y el suceso ¿Es un puzle una realidad certera? Tantas preguntas... Latentes. El periodismo sin porqué no digo que sea inviable, pero suele caer a tal fin en el acartonado despropósito. La ética del saber es siempre una guía con mejor estilo (no digo sea el caso) que el chisme. Es un mito que la objetividad nace solo de vísceras y entrañas. Ciegas. Leeré este libro aunque únicamente por la controversia.
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